13 agosto 2014

La intolerancia de las plantas

Aunque es un término bastante usado tanto en ecología vegetal como en ciencia forestal, alguno habrá al que le haya sorprendido. ¿Intolerantes, las plantas? ¿Intolerantes a qué? Porque a la glucosa o al gluten no será... ¿no? Pues no, efectivamente. Aunque la tolerancia o intolerancia de las plantas puede referirse a múltiples factores, cuando se dice así sin especificar nada más nos estamos refiriendo normalmente a su respuesta frente a los cambios en la disponibilidad de luz.

¿Me refiero entonces a la intolerancia a la luz? Pues en realidad, no. La luz es un recurso que todas las plantas necesitan para hacer la fotosíntesis, y aunque hay excepciones y situaciones límite como veremos después, en líneas generales podríamos decir que a las plantas les gusta la luz. En cambio, crecer en sombra puede ser un problema serio para muchas de ellas, y así, se habla de especies intolerantes o tolerantes a la sombra.

Plantula de Pinsapo
Una plantita de pinsapo. ¿Tendrá suficiente luz?

Normalmente, es fácil diferenciar las especies tolerantes de las intolerantes: las primeras suelen formar bosques cerrados, donde llega al sotobosque muy poca luz, y allí solo pueden regenerarse las plántulas de su propia especie, las que toleran la sombra. Ejemplos típicos de nuestras latitudes son son los hayedos o los abetales. Los bosques de especies intolerantes, como pinos o abedules, suelen ser más abiertos, con más huecos por los que la luz llega hasta el suelo. Aun así, las plantas jóvenes de estas especies no toleran la sombra, y suelen crecer en zonas abiertas o en grandes huecos. Pero por supuesto, entre estos dos casos extremos podemos encontrar todo un abanico de condiciones intermedias (por ejemplo, la mayoría de las quercíneas tienen unos requerimientos intermedios en cuanto a la luz).

Regeneracion en claros (gaps)
La regeneración de especies intolerantes se instala en los claros del bosque, no bajo el dosel

¿Y qué es lo que hace que una especie sea tolerante o no? Pues durante mucho tiempo se pensó que la tolerancia venía dada por una especie de compromiso que hacía que las especies intolerantes crecieran más rápido que las tolerantes en un ambiente con mucha luz, pero en cambio fueran incapaces de crecer en ambientes sombríos, de falta de luz. Sin embargo, con el tiempo se fueron acumulando evidencias que mostraban que no siempre era así: hay muchos casos en los que sí, pero también hay numerosos casos en los que la especie intolerante crece más que la tolerante para cualquier nivel de luz, y también de lo contrario. A la vista de esto, empezó a fraguarse una nueva hipótesis: las especies tolerantes no tendrían necesariamente que crecer más que las otras en sombra, pero sí sobrevivir más. La tolerancia vendría dada, por tanto, por la supervivencia de la especie a bajos niveles de luz, de manera independiente a si crece más o menos.

La luz en el sotobosque, además de crear preciosos contrastes, determina la respuesta de las plantas

Tomemos como ejemplo tres especies del Pirineo, dos pinos (Pinus uncinata y Pinus sylvestris) y un abeto (Abies alba). La observación y la experiencia nos dicen que los abetos crecen perfectamente en condiciones de sombra pero no son capaces de ocupar zonas abiertas, mientras que para los pinos es exactamente al contrario. Veamos si la hipótesis anterior es capaz de confirmar esto. Para ello, debemos medir el crecimiento y la mortalidad de estas especies a lo largo de un gradiente de luz que va desde 0 (oscuridad total) hasta 100%, que sería el nivel de luz que observamos en una zona abierta. Como podeis ver en la figura de la izquierda, el abeto (en verde) sólo es capaz de crecer más que los pinos (rojo y negro) en condiciones de muy poca luz, un 10% o menos (es un nivel típico que se puede encontrar bajo un bosque cerrado). En cambio, la mortalidad del abeto es muy baja, mucho más baja que la de los pinos, para cualquier nivel de luz que tenga. Esto corrobora una situación muy frecuente en algunos bosques, en los que el abeto se regenera bajo cubierta de otras especies y, aunque esa regeneración crezca poco, es capaz de aguantar durante años, en lo que en argot forestal se llama 'regeneración a la espera'.

Figura extraída de Ameztegui & Coll (2011), con permiso del autor (no costó demasiado convencerle)

Pero si os dais cuenta, las figuras de arriba no explican por qué el abeto no es capaz de crecer en espacios abiertos. Sí, crece menos que los pinos, pero como también muere menos, debería ser capaz de mantenerse 'a la espera' también allí, ¿no? Como os comentaba antes, no es esto lo que podemos ver en nuestros bosques, y la respuesta a esta aparente contradicción está en el periodo de tiempo que consideremos. La mortalidad de la figura de más arriba es la probabilidad de mortalidad anual, de cada año. Y como ya hemos dicho, es muy baja para el abeto. Pero como crece tan despacio, le cuesta muchos años llegar a desarrollarse y formar un árbol adulto. Si consideramos, para cada una de estas especies, la probabilidad acumulada durante el tiempo que necesita una plantita de 1 cm de diámetro para llegar a ser un adulto (teniendo en cuenta las diferentes tasas de crecimiento), vemos que el panorama cambia.

A partir de un 50% de luz, mal asunto para el abeto
Ahora se ve claramente que, cuando la luz supera el 50%, el abeto las pasa canutas, y la probabilidad de que una planta sobreviva el tiempo necesario para llegar a ser adulto está muy por debajo de la de los pinos. Esto explica por qué no vemos apenas abetos en zonas abiertas. Antes de que nadie me lo recrimine, aclaro que todo esto se cumple siempre que no haya limitaciones por falta de agua en la zona estudiada. Porque si el agua escasea, entra en juego otra tolerancia de las plantas: la tolerancia a la sequía. 

Pero esa es otra historia.

Referencias

Ameztegui, A, & Coll, L (2011). Tree dynamics and co-existence in the montane–sub-alpine ecotone: the role of different light-induced strategies Journal of Vegetation Science, 6, 1049-1061

10 agosto 2014

Resiliencia

Hay muchas maneras de definir la resiliencia, probablemente tantas como intentos de definirla. Es un término que puede que hayáis oído, ya que está bastante de moda y se aplica a multitud de campos, desde la ecología hasta la economía, pasando por las ciencias sociales y la psicología. Y por supuesto, los gurús del coaching han hecho de ella su palabra favorita. Probablemente podríamos ponernos todos de acuerdo en definirla como "la cantidad de perturbación que puede absorber un sistema sin perder su estructura y funciones básicas". Definir cuáles son esa estructura y funciones básicas ya es más difícil de consensuar, y si hablamos de cuantificar la resiliencia estamos hablando probablemente de uno de los grandes retos de la ecología actual. 

Así se suele representar la resiliencia
Últimamente ando leyendo bastante sobre el tema, y hoy me he encontrado con una metáfora que ilustra muy bien, a mi juicio, el concepto de resiliencia y lo que supone de cambio en la manera de afrontar la gestión del medio natural. La cita está extraída del libro 'Resilience thinking: Sustaining Ecosystems and people in a changing world', de Brian Walker y David Salt, aunque para ser justos está extraída del prólogo, obra de Walter V. Reid. Dice así:

Imagina que estás en un barco, amarrado en un muelle en calma, y quieres transportar un vaso de agua hasta un camarote, lo más rápido posible pero sin derramarla. En este caso, la solución es simple: camina rápidamente, pero no tan rápido como para que se salga el agua. Ahora imagina la misma situación, pero en alta mar, con oleaje intenso. Aquí, la velocidad es un asunto secundario, el verdadero desafío es mantener el equilibrio en una cubierta que cabecea abruptamente. La solución en este caso es encontrar un buen agarre y flexionar las rodillas para absorber los movimientos del barco. En el muelle, la solución es un problema de optimización (caminar lo más rápido posible, pero no demasiado); en el mar la solución requiere de tu habilidad para absorber las perturbaciones, es decir, de tu resiliencia ante las olas.
Desde los tiempos de la revolución agrīcola, los problemas ambientales se han concebido como un problema de optimización, como el reto de llevar el vaso de agua en un bote amarrado en el muelle. Asumíamos que podíamos gestionar los diferentes componentes individuales de un ecosistema de manera independiente, encontrar un balance óptimo entre la oferta y demanda de cada componente, y que los demás se mantendrían constantes a lo largo del tiempo. Sin embargo, hoy sabemos que los ecosistemas son extremadamente dinámicos, su comportamiento se parece mucho más al del barco en alta mar, azotado por las olas, que al amarrado al muelle. Se enfrentan constantemente con eventos inesperados como tormentas, plagas, sequías. Es necesario por tanto gestionarlos para promover su resiliencia, no solo para asegurar el suministro de determinados productos.

31 julio 2014

Publicado el Journal Citations Report de 2013: análisis de las revistas en ecología y ciencia forestal

Hace dos años inauguré la tradición de comentar las principales novedades en la ecología forestal del Journal Citation Report, el informe que evalúa las revistas científicas y les asigna el famoso factor de impacto (IF). Sin embargo, el año pasado no pude seguir con la iniciativa, andaba un poco liado por estas fechas. Pero como esta semana se ha publicado la edición de 2013, vamos a echarle un vistazo a ver qué novedades encontramos.

En el campo forestal (categoría 'Forestry'), el número de revistas indexadas es de 64, siguiendo la tendencia al alza de los últimos años (54 en 2010, 59 en 2011, 62 en 2012). En los puestos de cabeza no hay apenas cambios, y las primeras revistas son las mismas que en años anteriores, en el mismo orden. Forest Ecology and Management, que hace un par de años pegó un subidón considerable, se consolida en el cuarto lugar, mientras que International Journal of Wildland Fire sube hasta el quinto puesto desde el séptimo. De todas formas, las diferencias entre revistas son escasas en esta parte de la tabla, así que podríamos decir que no hay grandes cambios.
Los 40 principales del revisterío forestal. Bueno, vale, son 20. ¿Y qué?
Una de las dos nuevas revistas indexadas es Fire Ecology, publicada por la Association for Fire Ecology y que se cuela directamente en el puesto 20. La otra es Annals of Forest Research (no confundir con la mucho más longeva Annals of Forest Science), una revista Open Access de reciente creación. Hace dos años mencionamos que se incorporaba al JCR la revista española Forest Systems, publicada por el INIA y anteriormente conocida como Investigación Agraria: Sistemas y Productos Forestales. Ya lleva tres años formando parte del listado, pero este año podemos ver que su IF ha bajado de 0,8 a 0,6. Desde luego, esta bajada no es buena señal, pero sigue siendo una recién llegada, así que hay que darle más tiempo para que se afiance y sacar conclusiones.

En la categoría de Ecología hay más movimiento, empezando por un cambio de líder. Y es que, por primera vez en bastantes años la revista con más impacto en Ecología no es Ecology Letters, sino que Trends in Ecology and Evolution le arrebata el puesto (es lo que tiene ser 'trendy'). La revista ISME Journal, dedicada a la microbiología, sube un par de puestos y se coloca cuarta, y se afianza entre las diez primera Global Ecology and Biogeography

El top 20 de la ecología

Como curiosidad, entre las revistas multidisciplinares sigue mandando Nature por encima de Science. La controvertida revista open access PLoS One sigue perdiendo fuelle por tercer año consecutivo, desde que tocara techo en 2010.

Una vez más, la prestigiosa revistas Science y Nature son las más citadas entre las de 'batiburrillo científico'

14 julio 2014

El misterio de los pinos encorvados de Gryfino

El bosque encorvado de Gryfino, Polonia. Fuente: Panoramio
Junto al pueblo de Gryfino, en la región polaca de Pomerania - al oeste, justo al lado de la frontera con Alemania - hay un bosque que tiene perplejos a propios y extraños, y que parece sacado de una película de Tim Burton. Se trata de una pequeña mancha de pinos (Pinus sylvestris), no más de 400 ejemplares, que algunos han dado en llamar "Crooked forest" (bosque encorvado). Y es que no es para menos, ya que todos los pinos se doblan casi 90 grados hacia el norte a unos pocos centímetros del suelo, dándoles una característica forma de "J".

La localización del bosque encorvado. Fuente: Discovery News
Las causas de esta extraña forma no están nada claras, lo que ha dado pie a las más disparatadas conjeturas. Algunos hablan de anomalías gravitacionales, otros sugieren que la causa de estas curvaturas podría ser la misma que forma los famosos círculos en los campos de maíz o hablan de "energías malignas", pero lógicamente no hay ninguna evidencia que apoye estas hipótesis.

Otras teorías, un poco más plausibles, sugieren que los árboles podrían haberse deformado por un fuerte viento o una acumulación importante de nieve, que pudo haber afectado a estos árboles cuando aún eran jóvenes. Sin embargo, el pequeño bosquete está rodeado de numerosos árboles de la misma especie y edad - se estima que tienen unos 80 años - que crecen perfectamente rectos, por lo que se hace raro pensar que un fenómeno de este tipo sea tan localizado.

Al fondo se ven árboles perfectamente rectos. Autor: Asbb, via Wikimedia commons

Una teoría muy popular es que los árboles pudieron haber sido aplastados por los tanques enemigos durante la segunda guerra Mundial. Las fechas encajan, ya que se ha estimado que los arboles fueron deformados cuando tenían entre 7 y 10 años de edad. Sin embargo, una vez más se hace raro que los tanques aplastaran solo este grupo de árboles, y no todos los de alrededor. Además, se hace difícil pensar que un aplastamiento de este tipo pueda provocar esta forma en un pino de 10 años (lo más probable es que lo matara).

Por último, otras voces argumentan que esta forma no es un capricho de la naturaleza sino que es el resultado de la acción del hombre, que les dio esta forma a propósito. Así, los pinos habrían sido plantados en los años 30, y unos cuantos habrían sido deformados para producir madera curva, que en la época se utilizaba sobre todo para la construcción de buques. Esta hipótesis tiene ciertos visos de poder ser cierta. Para empezar, la técnica de deformar los troncos para producir piezas de madera curvas para los navios está ampliamente documentada, y se sabe que durante muchas décadas se aplicaba con cierta frecuencia en buena parte de Europa. En Gryfino, la invasion de Polonia durante la Segunda Guerra Mundial habria paralizado los planes iniciales, permitiendo a los arboles recuperar progresivamente la verticalidad y dandoles la forma tan curiosa que tienen hoy en dia.

Diagrama de como se obtenían las piezas curvas de los robles, extraido del blog tywkiwdbi

 Sin embargo, los habitantes de la zona rechazan esta posibilidad, ya que aseguran que la madera de los pinos nunca se ha usado en la construcción de navíos - es cierto que sobre todo se usaban robles - e incluso aseguran que esta madera apenas tiene utilidad, por lo que difícilmente alguien podría haber planeado deformarla a propósito. También es cierto que, viendo el turismo que atrae este misterioso bosque, me extrañaría que reconocieran esta hipótesis aunque fuera cierta. En definitiva, que no hay pruebas concluyentes que apoyen una teoría u otra, y cada uno puede sacar sus propias conclusiones. En mi caso, y utilizando la famosa navaja de Occam, yo me inclino por pensar que, como en tantos y tantos misterios, los humanos estamos detras del bosque encorvado de Gryfino.

ACTUALIZACIÓN: me dicen por twitter, concretamente @eforestal, que en alguna fuente se considera la posibilidad de que la deformación esté causada por Melampsora pinitorqua, un hongo que causa deformaciones en los brotes de los pinos jóvenes. La verdad es que parece encajar bastante con el tipo de deformación, aunque me sigue sin convencer demasiado la manera en la que vuelven a la verticalidad. Pero es una hipótesis más que razonable, sin duda.

Autor: Rzuwig

07 julio 2014

Bosques singulares: el palmar de cera de Cocora (Colombia)

De pie, en la parte trasera de un abarrotado jeep que lleva más turistas de los que el sentido común recomienda, voy observando el paisaje del valle de Salento, salpicado de potreros y manchas de bosque, mientras serpenteamos por una carretera asfaltada sólo a tramos. De repente, cuando el coche toma la última curva, se abre ante nosotros un espectáculo único, un paisaje que casi parece artificial. Estamos a casi 3.000 metros de altitud, en pleno piso frío de la región andina, y sin embargo lo que domina el paisaje no es el el cedro de montaña ni el roble andino. Ante mis ojos, cientos de esbeltas y altísimas palmeras salpican el  valle. Algunas crecen aisladas, alineadas en mitad de un terreno de pastoreo. Otras sobresalen del bosque, elevándose decenas de metros por encima del dosel. Hemos llegado al palmar de Cocora, uno de los últimos refugios de Ceroxylon quindiuense, la palma de cera del Quindío.
Valle de Cocora
Un paisaje único. Foto: nuria.mpascual
Pero no sólo el paisaje es llamativo, sino que esta palma presenta numerosas peculiaridades que la hacen única: para empezar, la palma de cera del Quindío supera los 40 metros con relativa facilidad, y puede llegar a alcanzar los 50 e incluso 60 metros, lo que es un récord absoluto no sólo entre las palmeras, sino que la convierten en la monocotiledónea más alta del mundo. Además, mientras la mayor parte de las palmeras crecen en zonas bajas o al pie de las montañas, varias especies del género Ceroxylon, endémicas de los andes tropicalescrecen a gran altitud, en los valles del interior; y una de las que puede crecer a más altitud es C. quindiuense, que llega hasta los 3.200 metros.

La corteza de la palma de cera. Fuente
Aunque numerosas fuentes atribuyen al naturalista alemán Alexander von Humboldt el descubrimiento de esta especie, parece que la primera referencia escrita de su existencia data de 1785 y se debe a José Celestino Mutis, botánico español que a los no aficionados les sonará por aparecer en los antiguos billetes de 2.000 pesetas. Sin embargo, la descripción oficial de la especie no llegó hasta 1808, después de que von Humboldt la redescubriera en 1801. Se la englobó en el género Ceroxylon, que significa "madera de cera" y es que, como la mayor parte de palmas de este género, la corteza de nuestra palma aparece cubierta de una cera blanquecina, aunque surcada por las líneas negras de la cicatriz que dejan las hojas al caer.

Extracción de la cera mediante
raspado. Grabado de Taylor. Fuente
Esta cera que da nombre a la especie se ha utilizado durante siglos para fabricar velas, mezclada con sebo. Y aunque a veces se extraía la cera escalando a los árboles, como en la ilustración de más abajo, lo más habitual era cortarlas y rascar la cera después, con la palmera cómodamente en el suelo. Además, las hojas de las palmeras jóvenes, que forman una especie de cogollo o roseta sin tronco definido han sido utilizadas para las procesiones del domingo de Ramos hasta hace tan solo unos años, cuando sucesivas campañas y la protección estricta de la especie consiguieron acabar con tan "sana" costumbre. Todas estas prácticas llegaron a poner en serio peligro a la palma de cera del Quindío, hasta el punto que se decidió no solo protegerla - según nos dijeron cortar un ejemplar puede acarrear hasta 5 años de cárcel - sino que incluso en 1985 fue declarada símbolo nacional de Colombia.


Aunque la palma de cera no es exclusiva del valle de Cocora, sino que también crece en otros lugares de las 3 cordilleras colombianas, es allí, en el municipio de Salento, donde se encuentran algunas de las palmas más altas del mundo. En su día, los naturalistas europeos se admiraron del "bosque sobre el bosque" que conformaban las palmas, cuyas copas se elevaban hasta 40 metros por encima del dosel. El botánico escocés William Purdie describía la palma en estos términos:
"El altivo, noble tronco de este árbol está cubierto con una capa de cera resinosa, la cual le da una apariencia blanquecina de mármol, proporcionando un animado rasgo distintivo al escenario tan peculiar del páramo del Quindío, donde la palma abunda en grado extraordinario sin causar ningún daño al bosque subordinado bajo su grata sombra".
La situación es hoy muy distinta. Durante años, la conversión del bosque original en potreros - zonas de pastoreo para el ganado -  unido al hecho de respetar las palmas (al principio para aprovecharlas como material de construcción, posteriormente porque estaban protegidas) ha creado este paisaje tan único y que tan atractivo resulta ahora, donde las palmas crecen aisladas y se puede apreciar su espectacular tamaño. Y es eso lo que ha convertido a este valle en destino turístico de primer orden en Colombia.

Valle de Cocora
Pero este paisaje puede tener los días contados. Durante el viaje, picado por la curiosidad, estuve buscando profusamente una plántula de palma por toda la zona, y no fui capaz de encontrar ni una. Ya a la vuelta, una rápida búsqueda bibliográfica me confirmó mis sospechas: si hoy en día las palmas resisten en los potreros es por su elevada longevidad, porque en realidad no consigue regenerarse en esas condiciones. Primero, porque necesita cierta sombra para prosperar, y segundo porque apenas nace una plantita, el ganado se la come o la pisa.

Valle de Cocora
Un paisaje impresionante, pero ni una sola palmerita. Destinado a desaparecer? Foto: nuria.mpascual
Según un estudio de la Universidad Nacional de Colombia, alrededor del 20% de las palmas que crecen en los potreros de Cocora han desaparecido entre 1988 y 2012. Pero no por talas ilegales, plagas o ningún otro factor externo, simplemente porque son individuos adultos, viejos, de más de 40 metros de altura y que llegan a la senescencia. Como no regeneran, en la actualidad más de las mitad de los individuos están en las fases finales de su ciclo de vida (que se estima en unos 150 años), y los autores del estudio han estimado que la gran mayoría de las palmas habrán muerto de viejas para mediados de este siglo, y que las palmas de más de 30 metros de altura serán escasas.

 Una parcela de Ceroxylon quindiuense en el valle de Cocora, en 1988 (arriba) y en diciembre de 2012 (abajo). Los círculos marcan las palmas que murieron. Extraído de Bernal & Sanín (2013), reproducido con permiso explícito de R. Bernal y M.J. Sanín (Universidad Nacional de Colombia)
La desaparición de la palma de cera podría además afectar a muchas otras especies que dependen de ella, en especial al loro orejiamarillo (Ognorhynchus icterotis), a punto de desaparecer y que depende en exclusiva de los frutos rojos de la palma para su subsistencia. Por eso, diversas voces están reclamando que se establezca un santuario de la palma de cera en la parte alta del valle, reconociendo a la palma como especie paraguas (aquellas especies cuya conservación protege a un gran numero de organismos que dependen de ella). De esta manera se protegerían las manchas de bosque nativo, donde la palma se regenera sin mayores problemas, creciendo primero bajo la cubierta arbórea y superándola luego cuando empieza a crecer en altura.

Las sucesivas etapas en el ciclo vital de C. quindiuense. Fijaos en que hasta los 57
años no empieza a desarrollar un tronco propiamente dicho, y en el tamaño de la palma adulta.
Fuente: Sanín et al. (2013), reproducido con permiso de los autores

Los frutos rojos por los que el loro orejiamarillo pierde la cabeza
Pero esta estrategia solo funcionará si se mantienen los ingresos del incipiente turismo que se está desarrollando en la zona, que son los que frenan la conversión de bosque en nuevos potreros. Si el turista va hasta Cocora es para ver las palmas, para poder pasearse entre ellas y admirar su tamaño. Y aunque resulta paradójico, eso sólo puede hacerlo en las palmas que están en los potreros. Si se quiere que los visitantes puedan seguir llegando hasta el pie de las palmeras más altas del mundo, sería necesario replantearse una estrategia de regeneración, estableciendo viveros que produzcan plantas, plantándolas en los potreros y protegiéndolas del ganado durante los primeros años, de manera que el relevo de las palmas se asegure a medio plazo.Y si tenemos en cuenta lo que les cuesta a las palmas crecer hasta desarrollar ese esbelto tronco, mejor comenzar más pronto que tarde.

Valle de Cocora
 Indicando el lugar donde habría que plantar los juveniles. Foto: nuria.mpascual

En definitiva, un hermoso ejemplo de la complejidad que presenta la gestión del medio natural, donde a veces no basta con proteger la especie y prevenir la perdida del hábitat, sino que es necesario ser mas proactivo para conservar un ecosistema. Sólo así podremos proteger una de las palmeras más peculiares y hermosas del mundo.

Valle de Cocora
Aquí, dentro del bosque, la palma se regenera ella solita. Foto: nuria.mpascual

NOTA 1: quiero agradecer al profesor R. Bernal y M. J. Sanín, de la U. Nacional de Colombia, por la amabilidad de concederme el permiso para usar las imágenes de sus artículos.

NOTA 2: con esta entrada inauguro una nueva sección, en la que pretendo mostraros algunos de los bosques que haya visitado y que más me han llamado la atención (por su carácter único, por su vulnerabilidad, por las especies que lo componen o por cualquier otra razón). Espero que os guste.
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REFERENCIAS

ResearchBlogging.orgSanín MJ, Anthelme F, Pintaud JC, Galeano G, & Bernal R (2013). Juvenile resilience and adult longevity explain residual populations of the Andean wax palm Ceroxylon quindiuense after deforestation. PLoS One, 8 (10) PMID: 24194823

ResearchBlogging.orgBernal, R, & Sanín, M.J. (2013). Los palmares de Ceroxylon quindiuense (Arecaceae) en el valle de Cocora, Quindío: Perspectivas de un icono escénico de Colombia Colombia Forestal, 16 (1), 67-79. Enlace


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